Cuando camino por la calle, la gente que veo carece de rostro. No, no es una pesadilla, es simplemente que soy incapaz de diferenciar un pepino de un boniato sin haber convivido con ellos previamente durante una semana. Y lo que es peor, después de esa semana, pepino y boniato seguirán siendo para mí dos verduras sin identificar, pues a mi nula capacidad para reconocer caras, se une mi infame memoria para los nombres propios. Es como si, cuando me presentaran a alguien, mi mente sufriera un misterioso apagón que lo dejara todo a oscuras, como cuando pixelan las imágenes de los niños en la tele, y en el momento de ser presentados formalmente, en lugar de un nombre sonara un pitido en mis oídos.
Siempre he creído que esto también le ocurría al resto de la humanidad, pero por lo visto no es así. Lo sé, porque en multitud de ocasiones me cruzo con gente que sabe quién soy yo, pero que para mí resultan absolutos desconocidos. 'Tú eres amigo de tal', 'nos presentó no se quién', 'salimos una noche con X', 'estuvimos toda la noche hablando en algún tugurio infecto', son frases que me repiten con frecuencia. Por lo general, inmediatamente después de ponerme en situación, me recuerdo en aquel sitio hablando con alguien, pero es que aunque hubiera sido el mismísimo Optimus Prime el que me hubiera invitado a un cubata, no habría sido capaz de reconocerlo a la mañana siguiente.
Hay gente que dice que uno no se debe tomar confianzas con otros hasta que hayan 'yacido juntos'. Tengo dudas sobre si aún en este caso, sería capaz de recordar una cara. Quizá sí sus tetas, aunque antes debería volver a verlas.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Ni nombre ni cara
miércoles, 31 de marzo de 2010
Plaza de la Universidad
miércoles, 17 de marzo de 2010
La puta subida del IVA
miércoles, 10 de febrero de 2010
Plantación de lentejas. Día 0
Vapuleado por la última hornada de exámenes, he querido dar un poco de color a mi triste existencia.
viernes, 18 de diciembre de 2009
¿Cómo ser Indie?
No hay menos 'alternativo' que querer ser como los demás.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Adiós piercing
La trágica pérdida del pelazo del Chexpi me ha hecho pensar.
Hace un porrón de años, ni recuerdo cuántos, en un claro arrebato juvenil, decidí que me haría un piercing. He aquí un rebelde conformista.
Podría haberme hecho un tatuaje, pero las agujas me aterran, y a la larga sabía que volvería al redil. No, tatuarse la piel con agujas no tiene vuelta atrás, y lo que hoy es un bonito dibujo en una piel joven y tersa, mañana será un manchurrón verdoso en una piel fláccida y añeja. A ver cómo le explicas eso a tus hijos, para qué hablar de tus nietos.
Me decidí por un piercing por ser algo de lo que uno puede arrepentirse. En la oreja me parecía una mariconada, en el labio y en la lengua no lo vi nada práctico, en la tetilla me pareció inútil y en el prepucio me pareció una mierda muy chunga. En realidad en el prepucio ni siquiera me lo llegué a plantear, pero por cosas así es que pienso que el mundo tarde o temprano se irá a la mierda.
Mi decisión final era sencilla. En la ceja. Además, estéticamente me agradaba.
Como mi espíritu transgresor no consiguió vencer a mi sentido común, en lugar de acudir a un garito de éstos en los que un tipo llamado Serpiente, con más dibujos en su cuerpo que un comic de Naruto y ataviado con un chaleco de cuero sin mangas, te mete una aguja en la piel sin más miramientos y tras invitarte a par de tragos de bourbon al ritmo que marcan los 'acordes' de Mayhem, opté por acudir a un ATS.
Sí, me rebelé contra el mundo en la consulta privada de un practicante, en su chalet residencial y bajo anestesia local.
Al principio, la gente me preguntaba si me dolía y yo decía que no. Ahora, la gente me sigue preguntando si me duele, y yo los miro sin saber a qué se refieren. Lo he llevado tantos años, que me he olvidado de que existe. A decir verdad, me acuerdo de él cuando la peluquera me pega un tirón con el peine, cuando me lo engancho con la esponja en la ducha o cuando me llevo un pelotazo en la cara jugando al fútbol. Pero para mí, el resto del tiempo, hasta cuando me miro al espejo, es invisible.
No sé, debe ser que ya no me queda mucho de inconformista. Ya no me siento nada transgresor. Creo que su tiempo ha terminado. Algunos ni siquiera me conocen sin él, pero puedo asegurar que en el fondo fui, soy y seré siempre la misma persona.
jueves, 22 de octubre de 2009
La censura de Saw VI
Hubo una época en este país, en la que las libertades se veían tremendamente recortadas. Una época bisoña, arcaica y moralista, en la que por besar a tu novia en un parque podías verte en un calabozo con una denuncia por escándalo público. No te digo ya por tocarle un pecho, aunque fuera por encima de la blusa. Y mejor no intentemos imaginar cuál sería la pena por subir de un salto al altar de la Iglesia en pleno acto litúrgico, completamente desnudo, robarle el cáliz a un párroco en pleno shock, beber de un trago la sangre de aquél que murió por nuestros pecados, eructar sonoramente, proceder a introducirse un par de obleas consagradas por el ojete, como si de una hucha se tratara, y gritar a la concurrencia que se es 'el elegido', con los brazos bien extendidos hacia el Cristo crucificado y su Santa Madre.
